Conociendo a Dios.
Entre las muchas malas noticias que nos dejó 2020, una lamentable fue el fallecimiento de J. I. Paker quien murió en 2020 a los 93 años tal como todos sabemos. Me gusta el artículo que en su honor se publicó en Christianity today.
Imagen publicada incialmente en Christianitytoday.com.
Nosotros reproducimos, un pasaje de uno de sus libros: "Conociendo a Dios", el cual ha influido positivamente en toda una generación de cristianos. Es un libro que, por supuesto, te recomendamos leer ¡ya!.
Se me ocurre que no son muchos los que dirían en forma natural que han conocido a Dios. Dicha expresión tiene relación con una experiencia de un carácter concreto y real a la que la mayoría de nosotros, si somos honestos, tenemos que admitir que seguimos siendo extraños. Afirmamos, tal vez, que tenemos un testimonio que dar, y podemos relatar sin la menor incertidumbre la historia de nuestra conversión como el que mejor; decimos que conocemos a Dios -que es, después de todo, que se espera que diga un evangélico-; empero, ¿se nos ocurriría decir, sin titubeo alguno, y con referencia a momentos particulares de nuestra experiencia personal, que hemos conocido a Dios?
Lo dudo, porque sospecho que para la mayoría de nosotros la experiencia de Dios nunca ha alcanzado contornos tan vívidos como lo que implica la frase. Me parece que no somos muchos los que podríamos decir en forma natural que, a la luz del conocimiento de Dios que hemos llegado a experimentar, las desilusiones pasadas y las angustias presentes, tal como las considera el mundo, no importan. Porque el hecho real es que a la mayoría de las personas sí nos importan. Vivimos con ellas, y ellas constituyen nuestra "cruz" (como la llamamos). Constantemente descubrimos que nos estamos volcando hacia la amargura, la apatía, y la pesadumbre, porque nos ponemos a pensar en ellas, cosa que hacemos con frecuencia. La actitud que adoptamos para con el mundo es una especie de estoicismo desecado, lo cual dista enormemente de ese "gozo inefable y glorioso" que en la estimación de Pedro debían estar experimentando sus lectores (1 Pedro 1: 8). “¡Pobrecitos -dicen de nosotros nuestros amigos-, cómo han sufrido!"; y esto es justamente lo que nosotros mismos creemos. Pero este heroísmo falso no tiene lugar alguno en la mente de los que realmente han conocido a Dios.
Nunca piensan con amargura sobre lo que podría haber sido; jamás piensan en lo que han perdido, sino sólo en lo que han ganado. "Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo -escribió Pablo- Y ciertamente aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él... a fin de conocerle...” (Fil. 3:7-10). Cuando Pablo dice que estima que las cosas que perdió como "basura", no quiere decir simplemente que no las considere valiosas sino que tampoco las tiene constantemente presentes en la mente:
¿qué persona normal se pasa el tiempo soñando nostálgicamente con la basura? Y, sin embargo, esto es justamente lo que muchos de nosotros hacemos. Esto demuestra lo poco que en realidad poseemos en lo que se refiere a un verdadero conocimiento de Dios.
¿qué persona normal se pasa el tiempo soñando nostálgicamente con la basura? Y, sin embargo, esto es justamente lo que muchos de nosotros hacemos. Esto demuestra lo poco que en realidad poseemos en lo que se refiere a un verdadero conocimiento de Dios.
En este punto tenemos que enfrentamos francamente con nuestra propia realidad. Quizá seamos evangélicos ortodoxos. Estamos en condiciones de declarar el evangelio con claridad, y podemos detectar la mala doctrina a un kilómetro de distancia. Si alguien nos pregunta cómo pueden los hombres conocer a Dios, podemos de inmediato proporcionarle la fórmula correcta: que llegamos a conocer a Dios por mérito de Jesucristo el Señor, en virtud de su cruz y de su mediación, sobre el fundamento de sus promesas, por el poder del Espíritu Santo, mediante el ejercicio personal de la fe. Mas la alegría genuina, la bondad, el espíritu libre, que son las marcas de los que han conocido a Dios, raramente se manifiestan en nosotros; menos, tal vez, que en algunos círculos cristianos donde, por comparación, la verdad gélica se conoce en forma menos clara y completa. Aquí también parecería ser que los postreros pueden llegar ser los primeros, y los primeros postreros. El conocer limitadamente a Dios tiene más valor que poseer un gran conocimiento acerca de él.
Centrándonos más en esta cuestión, quisiera agregar dos cosas.
Primero, se puede conocer mucho acerca de Dios sin tener mucho conocimiento de él. Estoy seguro de que muchos de nosotros nunca nos hemos dado cuenta de esto.
Descubrimos en nosotros un profundo interés en la teología (disciplina que, desde luego, resulta sumamente fascinante; en el siglo diecisiete constituía el pasatiempo de todo hombre de bien). Leemos libros de teología y apologética. Nos aventuramos en la historia cristiana y estudiamos el credo cristiano. Aprendemos a manejar las Escrituras. Los demás sienten admiración ante nuestro interés en estas cuestiones, y pronto descubrimos que se nos pide opinión en público sobre diversas cuestiones relacionadas con lo cristiano; se nos invita a dirigir grupos de estudio, a presentar trabajos, a escribir artículos, y en general a aceptar responsabilidades, ya sea formales o informarles; a actuar como maestros y árbitros de ortodoxia en nuestro propio círculo cristiano. Los amigos nos aseguran que estiman grandemente nuestra contribución, y todo esto nos lleva a seguir explorando las verdades divinas, a fin de estar en condiciones de hacer frente a las demandas. Todo esto es muy bello, pero el interés en la teología, el conocimiento acerca de Dios, y la capacidad de pensar con claridad y hablar bien sobre temas cristianos no tienen nada que ver con el conocimiento de Dios. Podemos saber tanto como Calvino acerca de Dios -más aun, si estudiamos diligentemente sus obras, tarde o temprano así ocurrirá- y sin embargo (a diferencia de Calvino, si se me permite), a lo mejor no conozcamos a Dios en absoluto.
Segundo, podemos tener mucho conocimiento acerca de la santidad sin tener mucho conocimiento de Dios. Esto depende de los sermones que uno oye, de los libros que lea, y de las personas con quienes se trate. En esta era analítica y tecnológica no faltan libros en las bibliotecas de las iglesias, ni sermones en el púlpito, que enseñan cómo orar, cómo testificar, cómo leer la Biblia, cómo dar el diezmo, cómo actuar si somos creyentes jóvenes, cómo actuar si somos viejos, cómo ser un cristiano feliz, cómo alcanzar consagración, cómo llevar hombres a Cristo, cómo recibir el bautismo del Espíritu Santo (o, en algunos casos, cómo evitarlo), cómo hablar en lenguas (o, también, cómo justificar las manifestaciones pentecostales), y en general cómo cumplir todos los pasos que los maestros en cuestión asocian con la idea de ser un cristiano creyente y fiel. No faltan tampoco las biografías que describen para nuestra consideración las experiencias de creyentes de otras épocas. Aparte de otras consideraciones que puedan hacerse sobre este estado de cosas, lo cierto es que hace posible que obtengamos un gran caudal de información de segunda mano acerca de la práctica del cristianismo. Más todavía, si nos ha tocado una buena dosis de sentido común, con frecuencia podemos emplear lo que hemos aprendido para ayudar a los más débiles en la fe, de temperamento menos estable, a afirmarse y desarrollar un sentido de proporción en relación con sus problemas, y de este modo uno puede granjearse una reputación como pastor. Con todo, es posible tener todo esto y no obstante apenas conocer a Dios siquiera.
Volvemos, entonces, al punto de partida. La cuestión no está en saber si somos buenos en teología, o "equilibrados" (palabra horrible y pretenciosa) en lo que se refiere a la manera de encarar los problemas de la vida cristiana; la cuestión está en resolver, si podemos decir, sencilla y honestamente -no porque pensemos que como evangélicos debe mas poder decirlo sino porque se trata de la simple realidad- que hemos conocido a Dios, y que porque hemos conocido a Dios, las cosas desagradables que hemos experimentado, o las cosas agradables que hemos dejado de experimentar, no nos importan por el hecho de que somos cristianos. Si realmente conociéramos a Dios, esto es lo que diríamos, y si no lo decimos, esto sólo constituye señal de que tenemos que enfrentamos a la realidad de que hay diferencia entre conocer a Dios y el mero conocimiento acerca de Dios.
Extracto del libro de J. I. Packer: Conociendo a Dios, publicado por varias editoriales.
PV
