Contentos en Cristo.
No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera
que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por
todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para
tener abundancia como para padecer necesidad. (Filipenses 4:11-12).
El teólogo Erik Raymond (Erik Raymond, En busca del contentamiento (Publicaciones Andamio, 2019) define el contentamiento de la siguiente manera: espíritu calmado que, con gracia, descansa gozosamente en la providencia de Dios. El contentamiento no está basado en las circunstancias de cada creyente; es más, el contentamiento existe a pesar de las circunstancias vitales en medio de las cuales vive el cristiano.
¡Qué declaración tan llamativa! En una sociedad que nos exhorta a buscar siempre la novedad, las actualizaciones, el escalar puestos constantemente y no conformarse con el momento presente; una cultura que nos empuja a buscar nuestra valía y “nuestra verdad” en nosotros mismos, un concepto como el del contentamiento cristiano, de un alma que descansa y que depende en su totalidad de la gracia y ayuda de Dios, es totalmente revolucionario. Personalmente, es algo que anhelo para mi propia vida.
A pesar de los beneficios que a simple vista podemos extraer de una vida de
contentamiento, nuestros corazones rebeldes no saben contentarse. Sabemos que
el plan soberano de Dios excede nuestro entendimiento (Isaías 55:8-9) y que no
debemos angustiarnos por el devenir de nuestras vidas (Mateo 6:25-34), pero
nuestro pecado es evidente: orgullo, pretensiones de autosuficiencia, envidia,
avaricia, falta de fe... Por ello debemos pedirle a nuestro Señor la gracia y la fe necesarias para descansar en su eterno y perfecto plan para nosotros, confiando en que, en su soberanía, Él proveerá para nosotros de acuerdo con su omnisciencia.
Las siguientes son algunas verdades bíblicas que pueden servir de exhortación y nos pueden animar a vivir contentos en Cristo:
- Tenemos el mejor regalo que nadie nos ha podido ofrecer: la salvación
eterna. A pesar del pecado persistente en nuestras vidas, Dios ha mostrado
su gracia hacia nosotros, nos ha rescatado. El conocimiento de la verdad del
Evangelio llenará nuestras almas de un gozo inexplicable (1 Pedro 1:8), que
diluirá cualquier vicisitud y nos alentará para atravesar cualquier valle al
que debamos enfrentarnos. - Tenemos un mandato de Jesús de negarnos a nosotros mismos y confiar en
Él (Mateo 16:24-26). Negarse a uno mismo, en la sociedad del yo, es
totalmente contracultural y antinatural para pecadores como nosotros. Nos
cuesta renunciar a nuestras apetencias, nuestros deseos y nuestras
particularidades, pero podemos descansar en la omnisciencia de nuestro
Señor y confiar en que el Creador del mundo nos conoce mejor que nosotros
mismos. - Somos ciudadanos del Cielo (Fil. 3:20). Nuestro Salvador está preparando un
lugar para nosotros (Juan 14:3). Esperamos su segunda venida, en la que
vendrá a buscarnos y llevarnos al lugar en el que viviremos eternamente sin
dolor, sin enfermedad, sin disputas, sin hambre, sin necesidad económica...
en definitiva, sin pecado. Como exponía el puritano inglés del siglo XVII
John Bunyan (John Bunyan, El progreso del peregrino. Cátedra, 2003) , somos peregrinos, estamos aquí de paso. Cualquier mal presente, pasajero, no se compara con la eterna felicidad que alcanzaremos al llegar a la Ciudad Celestial.
Que el Espíritu Santo nos ayude a vivir una vida de contentamiento en Cristo Jesús.
SJ
