El ciego Bartimeo
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Sentado junto al camino que no veía, al ciego le salieron raíces secas
que lo anclaban al polvo. El sol extendía sus llamas hasta quemar su
piel y él trataba de abrazarlo con sus ojos sin vida, para sentir la
tonalidad de sus rayos, que lo derretían en la tierra herida. Al
declinar del día, el crepúsculo, que nunca sus ojos contemplaron, cubría
con un velo de grana el pueblo, anunciando con el frío en sus mejillas
que era tiempo de volver. Giraba entonces la cabeza tratando de buscar a
Timeo, su padre, que le conduciría de vuelta a su jergón. Regresaba al
pueblo sin hablar llevando la oscuridad a sus espaldas y la noche en su
morral.
Al amanecer, los primeros rayos del sol furtivos se colaban
por su ventana, haciendo huir las tinieblas, sin conseguir entrar en la
cueva de su eterna oscuridad.
De nuevo junto al camino, “Una limosna, por piedad”, imploraba Bartimeo extendiendo su mano abierta cuando oía los pasos de algún caminante o el rodar de una carreta. Se había hecho invisible a los demás; algunos se apartaban para no contaminarse de su desgracia. “Mucho mal habrá hecho este hombre, para ser castigado de esta suerte”, oía a muchos comentar. Y así, las raíces secas se entrelazaban y crecían a sus pies, hundiéndole en lo profundo de la hoyada tierra.
Se acostumbró a ser deshecho que caía en la gehena de su pueblo; y esa raíz también creció en su mente, devorando su autoestima, reduciéndolo, aplastándolo hasta llegar a confundirse con el polvo que pisaba.
Un día oyó a una gran multitud que se acercaba. Se levantó e inquirió de los primeros que pasaban el motivo de tanto alborozo. “¡Es Jesús, que está pasando, el Sanador, el Salvador de almas”, le dijeron. Las raíces secas peleaban tratando de someterlos al barro. Y Bartimeo se levantaba tratando de cortarlas, pero no podía. Y, desde el suelo, desde lo más hondo de su ser le salió una súplica: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”. Era tal la multitud, que muchos, viéndole, le pisaban, le empujaban, le decían: “Calla, pecador, cómo osas levantar la voz al Maestro; sufre tu desgracia”. Pero él aún clamaba con más fuerza: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”.
Jesús vio al hombre Bartimeo, vio sus raíces secas, vio el polvo del camino, vio el desprecio que sufría, y lo llamó. El ciego se levantó y tiró su capa con la que se cubría del ardiente sol, su única y preciada posesión, y fue a la Luz que lo llamaba. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?”. “Maestro, que recobre la vista.” Jesús lo amó y le dijo: “Tu fe te ha salvado”. Entonces, sintió que las raíces secas se soltaban, que el polvo caía de sus ojos, que salía de la voraz gehena. Empezó a ver el azul del cielo, el verde de los árboles, el color del sol que ahora le acariciaba, y miró a Jesús, y pudo decir como exclamara Simeón cuando tomó al Niño en sus brazos, “Despide a tu siervo en paz, porque han visto mis ojos tu salvación”.
Ya nadie le llamaba el ciego, ahora sus vecinos glorificaban a Dios cuando lo veían, “Mirad, por ahí va Bartimeo, el hijo de Timeo. Alabado sea nuestro Salvador que lo sanó”. Había pasado de estar atenazado junto al camino a caminar libre con Jesús en el camino. Ahora podía ver los arreboles en el cielo sobre el difuminado lienzo azul. Trataba de mirar al sol que se escondía, disfrutando de sus tonalidades ardientes, que se fundían en su retina, y tenía que apartar su miraba porque le cegaba; se reía, “Vaya, el sol me ciega si me paro a mirarlo, pero a mí me miró el Sol de justica, Jesús, y me hizo ver y ahora soy salvo.
MAG
