10 maneras en las que la cruz de Cristo me cambia la vida

 

Samuel Jiménez - Semana Santa 2023

A la sombra de la cruz de Cristo medito en el significado de la muerte y resurrección de mi Señor, las implicaciones que este milagro indescriptible tiene para mi vida y, a pesar de que no podré llegar a comprender el impacto y la profundidad de semejante acto de amor y majestad hasta que cara a cara pueda verle en la eternidad, escribo a continuación diez maneras en las que la cruz de Cristo me cambia la vida.


1. La cruz de Cristo borra mis pecados.

La cruz de Cristo es la representación suprema del amor de Dios para sus hijos. A través del sacrificio de Jesús ahí obrado, son borradas mis rebeliones y olvidados mis pecados (Isaías 43:25). Es en la cruz donde Cristo clavó mi deuda y la pagó en mi lugar (Colosenses 2:14). Mediante la derrota de la muerte en la cruz, Cristo arroja mis pecados al más profundo fondo del mar (Miqueas 7:19) y tiñe de blanco mi mancha escarlata (Isaías 1:18).

2. La cruz de Cristo me reconcilia con el Dios creador, soberano y todopoderoso.

Destituido de la gloria de Dios por mi pecado (Romanos 3:23), expulsado del Edén por mis faltas, es en la cruz de Cristo y a través de su muerte donde encuentro mi reconciliación con el Padre (Romanos 5:10). Mediante la sangre de Cristo derramada en ese madero, hallo paz (Colosenses 1:20) para con el Creador de todo, el Soberano Rey Todopoderoso que es Santo, Santo, Santo (Apocalipsis 4:8). Puedo, por el milagro obrado en la cruz de Cristo, acercarme al trono celestial con confianza y alcanzar misericordia y gracia para el oportuno socorro (Hebreos 4:16).

3. La cruz de Cristo me salva de mí mismo.

En medio de mis constantes pretensiones de autosuficiencia, de un fútil amor propio y una vanagloria condenada al fracaso, la cruz de Cristo me recuerda que yo no puedo salvarme a mí mismo (Romanos 5:6). Debo, sin embargo, tomar mi propia cruz y negarme a mí mismo para así alcanzar la vida eterna a su lado (Mateo 16:24-25).

4. La cruz de Cristo me da un propósito por el que vivir hoy.

Dentro de la vanidad de vanidades en la que vivimos (Eclesiastés 1), en medio del nihilismo imperante de nuestro tiempo y el relativismo que permea nuestra sociedad, la cruz de Cristo, y todo lo que ésta conlleva para mi vida, me da un propósito por el que vivir. Rescatado de esta vida absurda por medio de su sangre (1 Pedro 1:18-19), ahora tengo una razón por la que vivir y tengo en Él un gozo inefable (1 Pedro 1:8).

5. La cruz de Cristo me recuerda la necesidad de una conversación constante con el Señor y el poder de las Escrituras.

Elí, Elí, ¿lama sabactani?” (Mateo 27:46). Con esta expresión de Cristo en la cruz, aprendo dos realidades esenciales para mi vida: en primer lugar, que hasta en la peor de las circunstancias, Dios me oye y es importante acercarme a Él en oración. Por otro lado, Jesús me muestra aquí la importancia de estar empapado de las Escrituras, ya que al exclamar “Elí, Elí, ¿lama sabactani?” no sólo se refería al Padre de forma personal, sino que estaba, al mismo tiempo, citando el Salmo 22.

6. La cruz de Cristo me cambia el nombre.

Por la cruz de Cristo, ya no soy pecador, sino justo; no estoy extraviado, sino que he sido hallado; no soy huérfano, sino hijo adoptado. Tampoco estoy sucio y haraposo, sino limpio y vestido de blanco. Ya no soy temeroso, sino valiente. Ahora soy vencedor, y no vencido; rico, y no pobre; gozoso, y no triste. Ahora soy absuelto, reconciliado, justificado y salvo. Todo ello, por la sangre de Cristo derramada en aquella cruz.

7. La cruz de Cristo me da una nueva familia.

En Cristo, y a través de su obra en la cruz, Dios nos adopta para que formemos parte de su familia (Efesios 1:5). Soy, por tanto, junto con el resto de mis hermanos, heredero del Rey por medio de Cristo (Gálatas 4:7) y, al ser hijo heredero, ahora habita en mi corazón el Espíritu Santo (Gálatas 4:6) que es guía y consuelo en todo momento.

8. La cruz de Cristo me muestra cómo es el amor de verdad.

En un mundo en el que la palabra amor (y consecuentemente, el concepto o imagen mental que tenemos de ella) está, por desgracia, tan pervertida, la cruz de Cristo me confronta con la esencia más pura y real del amor: un amor de sacrificio, inmerecido, que se entrega hasta la muerte (Juan 15:13) y que nos enseña cuán sublime es la gracia de Dios para con nosotros. La cruz de Cristo es, por ende, el paradigma de este amor puro. El hijo de Dios, despojado de toda gloria, derrama su vida clavado a un madero por amor a su pueblo.

9. La cruz de Cristo me confirma el plan de Dios y su providencia.

La cruz de Cristo es el punto de inflexión de la Palabra de Dios, el centro gravitacional de su relato. Toda la historia del pueblo de Israel apunta al Mesías que vendría a salvar del pecado (Génesis 3:15) y a establecer su Reino (2 Samuel 7:12-13). El plan de Dios y su providencia (es decir, su soberanía con propósito) hicieron que todas las historias de todos los personajes del Antiguo Testamento cobrasen sentido a la luz de la cruz de Cristo. Por tanto, a pesar de los desiertos que atraviese en mi vida, de los años de silencio e incluso los valles de muerte en los que me vea sumido, puedo confiar en que, después de Malaquías comienza Mateo y, con él, la esperanza de la cruz de Cristo, que brilla por encima de cualquier otra circunstancia vital a la que me enfrente.

10. La cruz de Cristo me garantiza vivir eternamente.

A través del testimonio de Jesucristo, de su muerte y su resurrección, tengo vida eterna (1 Juan 5:11). Por ello, la cruz de Cristo aporta una realidad extraordinaria a mi vida: sea cual sea el dolor que me aflija, o la desgracia que me sobrevenga, o la tormenta incesante en mi vida, ninguna se podrá comparar a la vida eterna que me espera de su mano por su sangre derramada en la cruz (2 Corintios 4:17).


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