Madurez y espiritualidad.
En nuestro anterior artículo mencionábamos que la madurez es el estado más importante de cualquier ser vivo (cristiano incluido), por eso pasamos la mayor parte de nuestra vida en él. A diferencia de otras formas de madurez, ésta, la espiritual, es permanente. Si todo va bien, no es seguida en el tiempo por ningún tipo de “senilidad espiritual” que nos lleve a perder madurez previamente adquirida.
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| Fotografía de reenablack en Pixabay.com |
Hoy parece conveniente definir, aunque solo sea eso: definir, madurez espiritual. Naturalmente es una definición personal de este autor, con la que el lector puede o no estar de acuerdo, como con el resto del artículo.
Entiendo la madurez como el proceso en que todo cristiano normal, con la ayuda del Espíritu Santo después de un periodo de crecimiento, puede entender espiritualmente la realidad y a sí mismo.
Esta definición contiene un problema; entender correctamente madurez, nos obliga a definir también espiritualidad, y lo haremos. Pero antes de hacerlo, expliquemos la definición.
"La madurez es un proceso"
No es un estado, no un momento ni un clímax existencial. Es el proceso en el que nos adentramos paulatinamente y del que no salimos nunca, si todo va bien. La madurez por tanto contiene grados. Podemos ser muy maduros o poco maduros.
"Todo cristiano normal"
Nos dice que todo cristiano debería llegar a ella, y debería aspirar a llegar a ella. Quien no lo logre o no lo pretenda, es un cristiano infantil, inmaduro, y por tanto anormal.
“Con la ayuda del Espíritu Santo"
Porque por una parte el Espíritu Santo ayuda, pero solo eso, ayuda sin forzarla indiscriminada y milagrosamente en todos los cristianos, en tal caso no existirían cristianos carnales. Al final, la madurez personal es responsabilidad de cada uno, porque el Espíritu Santo no le niega a nadie su apoyo, naturalmente.
“Después de un periodo de crecimiento”
Porque no se llega a ella de un día para otro. Requiere un tiempo que varía de un cristiano a otro, que le lleva desde el infantilismo del recién convertido a la madurez. El cristiano joven no puede ser considerado maduro, simplemente porque no ha tenido tiempo de crecer. Esta falta de madurez es normal. Por otra parte, un cristiano de muchos años puede no ser maduro simplemente porque se ha resistido a la obra de Espíritu Santo y ha descuidado su vida. Tales cristianos existen, y el Nuevo Testamento los llama carnales. Esta falta de madurez es grave.
A mí no me gusta la idea de fijar plazos de tiempo para adquirir la madurez, pero considerando la queja de Pablo en 1 Corintios 3:1-3, donde se lamenta que algunos pocos años después de su estancia en Corinto y la conversión de ellos, los cristianos debían ya ser espirituales y no lo son. Son inmaduros, o sea carnales. Por tanto, adquirir cierto grado de madurez, debería ser cosa de pocos años.
"Puede entender espiritualmente la realidad"
Además el cristiano maduro “puede entender espiritualmente la realidad” en el sentido que tiene discernimiento espiritual de la realidad y las personas. Este concepto enlaza con la segunda parte de este artículo: la espiritualidad, porque la espiritualidad es consecuencia de la madurez.
Y... la espiritualidad ¿qué es?
La espiritualidad es un proceso, tan íntimamente ligado a la madurez, que tal vez uno y otro sean dos aspectos de una misma realidad.
La espiritualidad la definiremos como la capacidad que, con la ayuda del Espíritu Santo, adquiere todo cristiano normal para vivir su compleja realidad personal distinguiendo lo providencial de lo que no lo es y escoger lo primero, complaciendo así a Dios con su conducta.
Se observa que la espiritualidad es, también responsabilidad humana, aunque el Espíritu Santo otra vez ayuda (sin forzar). La espiritualidad es algo extraordinario y deseable, porque está ligada a la experiencia y nos permite saber, de todo cuanto nos sucede alrededor, cuanto tiene trascendencia espiritual, y es por tanto intervención directa de Dios, y cuanto no la tiene y es por tanto irrelevante o malo. La espiritualidad es una herramienta fantástica para la vida, porque nos permite saber qué viene de Dios, y qué complace a Dios, para luego hacerlo.
Estoy de acuerdo con F. Schaeffer cuando dijo que “jugar un partido de fútbol con tu hijo, puede ser tan espiritual como ir a una reunión de iglesia”, o más, añado yo. Visitar o ayudar a una anciana de tu iglesia que lo necesita, puede ser tan espiritual, o más, que orar con ella o por ella. Porque lo que convierte nuestras acciones en espirituales no es la aparente grandeza de las mismas o el “espiritualismo” que manifiestan, sino que (1) distinguen la oportunidad providencial (ofrecida por Dios) de lo que no lo es, (2) es recta ante los ojos de Dios y (3) haciéndola complacemos a Dios porque es provechoso para su obra o para otros. ¿Te acuerdas que para Dios no hay pecados grandes ni pequeños, porque todos son iguales? Con las obras de espiritualidad pasa lo mismo. Todas son igualmente grandes ante Dios, aunque tristemente a las personas no nos lo parezca.
La espiritualidad está comprendida entre dos extremos: tiene un límite “inferior” donde ésta es nula y que la Biblia llama carnalidad. También tiene un límite “superior”, en el que la sustituimos por un "misticismo" en el que el cristiano asume erróneamente que todo cuanto acontece en su vida tiene una dimensión espiritual y como tal debe ser explicado. El cristiano maduro evita este error y distingue cuando un acontecimiento de su vida tiene dimensión espiritual y cuando no.
Perder el autobús que te lleva al trabajo, por sí mismo, es un evento espiritualmente irrelevante que muchos experimentamos repetidamente en la vida, aunque en algún caso puede tener una trascendencia espiritual extrema. Por tanto, que los cristianos pierdan el autobús cuando van a trabajar, generalmente no tiene significado espiritual alguno, aunque en algún caso individual, puede tenerlo. El cristiano maduro, protagonista o no del suceso, es capaz de distinguirlo.
Este asunto es importante porque es mucho el daño que nos hacemos a nosotros mismos y a otros en el inútil intento de justificar espiritualmente lo intrascendente, o lo que es peor, lo irresponsable, buscando explicaciones espirituales donde no las hay.
Al mismo tiempo recuerda que, tristemente, todos somos tendentes a mostrar nuestra espiritualidad en reuniones de iglesia, lo cual es fácil. Sí, es fácil impresionar a los demás en relaciones esporádicas y superficiales. Lo peor, tristemente, es que a muchos nos gusta. Pero con frecuencia la descuidamos en el hogar, el lugar donde la espiritualidad es más difícil e importante, donde las relaciones son intensas, estrechas y continuas, donde todos conocemos casi todo de todos. Pero es en el hogar donde tu espiritualidad puede influir en las personas más decisivamente que en ningún otro lugar de tu entorno personal, donde vivir con espiritualidad es un reto personal que adquiere dimensión de verdadero ministerio cristiano a otros.
PV.
